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Tirso de Molina: el creador de Don Juan

Tirso de Molina, seudónimo de Fray Gabriel Téllez (Madrid, 24 de marzo de 1579 – Almazán, Soria, 20 de febrero de 1648), ocupa un lugar singular en la historia de la literatura universal: es el creador de Don Juan, uno de los mitos literarios más poderosos y duraderos de la cultura occidental. Pero reducir a Tirso a esa sola creación sería una injusticia, porque fue también un dramaturgo extraordinariamente prolífico, un maestro de la comedia de enredo, un creador de personajes femeninos de una audacia infrecuente en su época y una de las voces más originales del Siglo de Oro.

Poco se sabe con certeza sobre su vida. Se cree que nació en Madrid en 1579, posiblemente como hijo ilegítimo del Duque de Osuna, aunque esta hipótesis no ha sido probada. Ingresó en la Orden de la Merced siendo joven y profesó como fraile en 1601. Vivió en Toledo, Salamanca, Santo Domingo —donde pasó dos años en las Indias que dejaron huella en su obra— y Soria, compaginando su vida religiosa con una actividad literaria incesante. Se le atribuyen más de trescientas comedias, de las que se conservan unas ochenta, además de una considerable producción en prosa.

El burlador de Sevilla y convidado de piedra, publicada en 1630 aunque probablemente escrita varios años antes, es la obra que le ha dado fama inmortal. En ella aparece por primera vez el personaje de Don Juan, un joven noble sevillano que seduce mujeres de toda condición —la duquesa Isabela, la pescadora Tisbea, la labradora Aminta, Doña Ana de Ulloa— y que desafía tanto las leyes humanas como las divinas con su estribillo provocador: "¡Tan largo me lo fiáis!", que significa que la hora del castigo está tan lejos que no merece preocupación. El castigo, sin embargo, llega: la estatua del Comendador Don Gonzalo, al que Don Juan mató, cobra vida, acude a cenar con el burlador y lo arrastra al infierno. A diferencia de la versión posterior de Zorrilla, en Tirso no hay redención posible: Don Juan muere sin arrepentimiento, y la obra funciona como una advertencia moral sobre las consecuencias de desafiar a Dios.

La creación de Don Juan por Tirso desencadenó una cadena de reescrituras que se extiende a lo largo de cuatro siglos y de toda la cultura occidental. Molière escribió su Dom Juan en 1665; Lorenzo da Ponte y Mozart crearon la ópera Don Giovanni en 1787; Byron compuso su Don Juan satírico entre 1819 y 1824; y Zorrilla ofreció su versión romántica en 1844. Cada época ha reinterpretado al personaje según sus propias obsesiones: el libertino filosófico del siglo XVIII, el rebelde romántico del XIX, el seductor existencialista del XX. Pero el Don Juan original, el de Tirso, conserva una fuerza primitiva e inigualable: es el primer hombre que se atreve a mirar a la muerte a los ojos y reírse.

Más allá de Don Juan, Tirso fue un creador excepcional de personajes femeninos. En una época en que las mujeres eran frecuentemente reducidas a objetos pasivos del deseo masculino, Tirso creó heroínas que toman la iniciativa, que se disfrazan de hombre para perseguir sus objetivos, que argumentan, seducen y luchan con una energía y una inteligencia que desafían las convenciones de su tiempo. En Don Gil de las calzas verdes, la protagonista Doña Juana se disfraza de hombre para recuperar a su amante infiel, generando un enredo de identidades múltiples que es una de las cumbres de la comedia del Siglo de Oro. En El vergonzoso en palacio, La prudencia en la mujer y La villana de Vallecas, Tirso construye mujeres que son más astutas, más valientes y más resolutivas que los hombres que las rodean.

Su legado está presente en cada representación de cualquier versión de Don Juan, en cada estudio sobre el teatro del Siglo de Oro, en cada reflexión sobre la construcción de personajes femeninos en la literatura. Tirso fue un fraile que creó al mayor pecador de la literatura universal, y esa paradoja es parte de su genio.

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