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Don Juan Tenorio: el mito que se representa cada noviembre

Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, estrenada en el Teatro de la Cruz de Madrid el 28 de marzo de 1844, es posiblemente la obra teatral más popular de la historia de España. No necesariamente la mejor —eso es materia de debate—, pero sí la más representada, la más citada, la más arraigada en la cultura popular. Durante más de un siglo y medio, se ha mantenido la tradición de representarla en torno al 1 de noviembre, coincidiendo con la festividad de Todos los Santos, y aunque esa costumbre ha perdido algo de vigencia, sigue siendo una de las señas de identidad del teatro español.

La obra, escrita en verso y dividida en dos partes de cuatro y tres actos respectivamente, narra las aventuras de Don Juan, un caballero sevillano del siglo XVI famoso por su libertinaje, su audacia y su desprecio por toda ley divina y humana. La primera parte se centra en una apuesta entre Don Juan y Don Luis Mejía: ambos compiten por ver quién ha seducido a más mujeres y matado a más hombres en un año. Don Juan, decidido a ganar, seduce a Doña Ana de Pantoja, prometida de Don Luis, y a Doña Inés de Ulloa, una novicia que vive recluida en un convento. La seducción de Doña Inés es el eje sentimental de la obra: el burlador, acostumbrado a la conquista vacía, descubre en ella un amor verdadero que lo transforma. Sin embargo, la violencia se impone: Don Juan mata al Comendador Don Gonzalo de Ulloa, padre de Inés, y huye de Sevilla. La segunda parte, ambientada cinco años después, transcurre en un cementerio donde se alzan las estatuas de sus víctimas. Don Juan regresa, desafía a la estatua del Comendador e invita a cenar al muerto. El espectro acude y arrastra a Don Juan hacia el infierno, pero en el último instante, el amor de Doña Inés —que ha muerto de pena y ofrece su alma a cambio de la salvación de Don Juan— consigue redimirlo. Don Juan se arrepiente, se salva, y ambos ascienden al cielo.

Las diferencias con la versión original del mito, El burlador de Sevilla de Tirso de Molina (publicada en 1630), son fundamentales. En Tirso, Don Juan es un personaje sin redención posible: su desafío a Dios lo condena al infierno, y la obra funciona como una advertencia moral. En Zorrilla, por el contrario, el amor redentor de Doña Inés salva al pecador. Este giro romántico —la idea de que el amor verdadero puede vencer incluso a la justicia divina— es lo que hizo de la versión de Zorrilla un éxito arrollador en la España del siglo XIX, donde el romanticismo estaba en pleno apogeo. La salvación de Don Juan por el amor de una mujer pura conectaba con la sensibilidad religiosa y sentimental del público de la época, y convertía la obra en una experiencia catártica que combinaba espectáculo, emoción y trascendencia.

La tradición de representar Don Juan Tenorio el 1 de noviembre tiene raíces que se remontan a la segunda mitad del siglo XIX. La presencia de escenas en cementerios, la aparición de espectros y la temática de la muerte y la redención encajaban perfectamente con la festividad de Todos los Santos y el Día de los Difuntos. Durante décadas, fue casi obligatorio que todos los teatros de España programaran la obra en esas fechas, y familias enteras acudían como parte de un ritual cultural que mezclaba devoción, diversión y tradición. Aunque la costumbre decayó a partir de los años setenta y ochenta, sigue vigente en muchos teatros y compañías, especialmente en versiones renovadas que buscan conectar con nuevos públicos.

Don Juan Tenorio se sigue representando hoy en el Teatro Español de Madrid, en festivales como el de Almagro, en giras por toda España y en producciones internacionales. El mito de Don Juan, que nació en España con Tirso y fue reelaborado por Molière, Mozart, Byron y tantos otros, sigue vivo, y la versión de Zorrilla, con toda su retórica decimonónica, conserva una capacidad de seducción que el tiempo no ha conseguido agotar.

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